
Algo no cuadra... Llevo tres días siguiéndole los talones al Zurdo y algo de todo esto no encaja. Lo más sospechoso es lo insultantemente fácil que fue dar con él. Parece de todo menos un hombre en peligro, y, aún menos, perseguido por el Signore Agostino, que además es al único al que ese insensato podría llegar a temer. Ni siquiera se toma la molestia de comprobar si le siguen, ya me habría descubierto de ser así. Tentativas me dan de plantarme delante y ajustar cuentas de una vez por todas con el desgraciado. Pero un encargo, es un encargo, y Leonor... ¿qué habrá visto en él esa fantástica mujer?
- Vamos, socio. ¿No te echarás atrás en el último momento?
- Zurdo, tiene mala pinta. ¿Estás seguro que esto está vacío? Dudo que tengan sin vigilancia un almacen de contrabando, alguien tiene que haber ahí dentro... y somos sólo dos.
- ¿Acaso te he fallado alguna vez? Si no te conociera diría que te estás acobardando, no es tu estilo. De ésta nos retiramos, amigo. Mi fuente es fiable, hazme caso.
- Está bien, vamos allá.
El Zurdo, pistola en mano, dio una patada al portón del almacén, haciéndose a un lado para darme paso. Por supuesto, iba yo delante, aunque, en principio, todo parecía en orden. Los faros de la calle dejaban ver decenas de cajas apiladas en el interior de lo que se suponía material de contrabando, y ni rastro de los hombres del Italiano. Lo único que teníamos que hacer era sacar alguna foto con el contenido de las cajas y dar el material y las señas a la policía, por una cuantiosa recompensa, claro. Pan comido.
Salvado el peligro, guardé mi pistola y me dirigí al montón de cajas de la derecha.
- ¡La cámara de fotos, Zurdo! Acabemos con esto cuanto antes.
- Siempre fuiste un ingenuo, socio.
Entendí inmediatamente a lo que se refería ese despreciable cuando, sin poder impedírselo, vi cómo salía del almacen a toda prisa, quedándome allí encerrado.
No pasaron ni diez segundos y me vi rodedo. Cinco matones, con metralletas impecables, me sonreían maliciosamente. El Zurdo me había vendido. Aún tengo cicatrices de la tremenda paliza, el muy hijo de ...
Ahí está Leonor. Está aún más impresionante con esta luz... y vendrá llena de preguntas que no podré responder. Esta vez, quien pregunta soy yo. Tengo la impresión de tener mucho que ver en esta historia.
- Buenas noches, Leonor. Perdona que me haya adelantado, ¿quieres tomar algo?
- Hola, no te preocupes. No he podido llegar antes. ¿Tienes algo que contarme? ¿Ya sabes dónde está?.
- Espera, tranquila. Dime qué quieres tomar. Después vendrán las preguntas.


















