viernes, 22 de agosto de 2008

Insomnio

Noche de insomnio ante el resplandor de una estrella

ojalá la luna aliada de pasiones prohibidas

entendiera hoy mi idioma

me hablara me dijera

intrigada está mi alma ante la luz que se refleja.


Sólo un ruego, un único deseo

alberga mi esperanza en la noche que me acecha

bailan las ninfas, suenan trompetas,

estelas en la oscuridad hacen presencia

sobre los sueños que ansía mi corazón por sorpresa.


Quiero gritar pero mi voz no suena

un extraño poder la tiene presa

estoy muda, y quiero hablar al mundo, no puedo, no me dejan.


Tengo miedo a dormir, o a despertar, tengo miedo

escribo en el delirio de esta oscuridad

ahogándose la luz que mi corazón alberga

muero de amor, un amor prohibido

oculta está mi pena, ayúdame luna, quiéreme estrella.

sábado, 16 de agosto de 2008

Impulsos


"No sabía si tenía necesidad de caminar entre las casas silenciosas de algún barrio adormecido, respirando el viento negro del mar o de sentir las oleadas de luces de los anuncios de colores que teñían con sus focos el ambiente del centro de la ciudad. Aún no estaba segura de lo que podría calmar mejor aquella casi angustiosa sed de belleza que me había dejado escuchar a la madre de Ena. La misma Vía Layetana, con su suave declive desde la Plaza de Urquinaona, donde el cielo se deslustraba con el color rojo de la luz artificial, hasta el gran edificio de Correos y el puerto, bañados en sombras, argentados por la luz estelar sobre las llamas blancas de los faroles, aumentaba mi perplejidad.
Oí, gravemente sobre el aire libre de invierno, las campanadas de las once formando un concierto que venía de las torres de las iglesias antiguas.

La Vía Layetana, tan ancha, grande y nueva, cruzaba el corazón del barrio viejo. Entonces supe lo que deseaba: quería ver la Catedral envuelta en el encanto y el misterio de la noche. Sin pensarlo más me lancé hacia la oscuridad de las callejas que la rodean. Nada podía calmar y maravillar mi imaginación como aquella ciudad gótica naufragando entre húmedas casas construidas sin estilo en medio de sus venerables sillares, pero a las que los años habían patinado también con un encanto especial, como si se hubieran contagiado de belleza.

El frío parecía más intenso encajonado en las calles torcidas. Y el firmamento se convertía en tiras abrillantadas entre las azoteas casi juntas. Había una soledad impresionante, como si todos los habitantes de la ciudad hubiesen muerto. Algún quejido del aire en las puertas palpitaba allí. Nada más.
(...)

Una fuerza más grande que la que el vino y la música habían puesto en mí me vino al mirar el gran corro de sombras de piedra fervorosa. La Catedral se levantaba en una armonía severa, estilizada en formas casi vegetales, hasta la altura del limpio cielo mediterráneo. Una paz, una imponente claridad, se derramaba de la arquitectura maravillosa. En derredor de sus trazos oscuros resaltaba la noche brillante, rodando lentamente al compás de las horas. Dejé que aquel profundo hechizo de las formas me penetrara durante unos minutos. Luego di la vuelta para marcharme.
"

Nada, Carmen Laforet.

martes, 5 de agosto de 2008

La casualidad

Qué juguetona es a veces la casualidad. Ayer escribí a Fusa en su show sobre la sensación que produce encontrarte con libros viejos y redescubrirlos con nuevos ojos, y hoy ha aparecido en mis manos, mientras buscaba una foto, un texto a máquina que escribí yo misma hace ya 10 años (Julio de 1998, recién cumplidos mis dieciséis):



"A lo lejos se oían los primeros sonidos del alba, perezosos, distraídos, distantes, como ella ahora, observando su figura en el espejo de su habitación tras una larga noche de insomnio. Dos ligeras sombras hacían compañía a sus ojos, delatadoras crueles de su delirio, de aquella preocupación dolorosa que le revolvía lo más profundo de sus entrañas. Su cabello, tan negro como sus ojos, como su tez y como ella misma, le caía por los hombros del mismo modo que aquel que se abandona a las caricias: entregado, satisfecho. No podía seguir mirando, no podía seguir respirando, no podía..."

Ahí termina. No recuedo qué fue lo que me interrumpió y, como podréis suponer, tampoco recuerdo cómo continuaba la historia. ¿O quizás sí? Algunas cosas permanecen intactas en nuestro interior incluso diez años después. Lo que no tengo es mi máquina, cómo la echo de menos de repente, puede que la busque entre los trastos, puede que la recupere, puede que continúe la historia, puede que comience una nueva, o puede que no haga nada y que pasen otros diez años...