sábado, 16 de agosto de 2008

Impulsos


"No sabía si tenía necesidad de caminar entre las casas silenciosas de algún barrio adormecido, respirando el viento negro del mar o de sentir las oleadas de luces de los anuncios de colores que teñían con sus focos el ambiente del centro de la ciudad. Aún no estaba segura de lo que podría calmar mejor aquella casi angustiosa sed de belleza que me había dejado escuchar a la madre de Ena. La misma Vía Layetana, con su suave declive desde la Plaza de Urquinaona, donde el cielo se deslustraba con el color rojo de la luz artificial, hasta el gran edificio de Correos y el puerto, bañados en sombras, argentados por la luz estelar sobre las llamas blancas de los faroles, aumentaba mi perplejidad.
Oí, gravemente sobre el aire libre de invierno, las campanadas de las once formando un concierto que venía de las torres de las iglesias antiguas.

La Vía Layetana, tan ancha, grande y nueva, cruzaba el corazón del barrio viejo. Entonces supe lo que deseaba: quería ver la Catedral envuelta en el encanto y el misterio de la noche. Sin pensarlo más me lancé hacia la oscuridad de las callejas que la rodean. Nada podía calmar y maravillar mi imaginación como aquella ciudad gótica naufragando entre húmedas casas construidas sin estilo en medio de sus venerables sillares, pero a las que los años habían patinado también con un encanto especial, como si se hubieran contagiado de belleza.

El frío parecía más intenso encajonado en las calles torcidas. Y el firmamento se convertía en tiras abrillantadas entre las azoteas casi juntas. Había una soledad impresionante, como si todos los habitantes de la ciudad hubiesen muerto. Algún quejido del aire en las puertas palpitaba allí. Nada más.
(...)

Una fuerza más grande que la que el vino y la música habían puesto en mí me vino al mirar el gran corro de sombras de piedra fervorosa. La Catedral se levantaba en una armonía severa, estilizada en formas casi vegetales, hasta la altura del limpio cielo mediterráneo. Una paz, una imponente claridad, se derramaba de la arquitectura maravillosa. En derredor de sus trazos oscuros resaltaba la noche brillante, rodando lentamente al compás de las horas. Dejé que aquel profundo hechizo de las formas me penetrara durante unos minutos. Luego di la vuelta para marcharme.
"

Nada, Carmen Laforet.

3 comentarios:

temorcomoagravio dijo...

Este año leí Nada porque me lo mandaron como lectura obligada para lengua castellana. No me gusta leer obligado, y suelo aborrecer los libros que me mandan por eso, porque creo que los libros se han de leer según te apetezca, no según te manden. El caso es que lo leí y me encantó, no como al 99,9% del resto de compañeros, pero bueno, ellos se lo pierden.

Un beso.

gloria dijo...

Para mí también fue lectura obligada, pero tuve la suerte de haberlo leido unos meses antes. Tienes razón con eso de la obligación, no es lo más aconsejable, en mi opinión. Además es muy difícil conseguir que alguien disfrute de la misma forma que uno con un libro, es algo tan personal, tan subjetivo, tan de nosotros mismos, por extraño que pueda parecer, lo que un libro nos transmita es una de las cosas más íntimas, más nuestras, cómo expresarlo...
Me alegro que te gustase "Nada", yo soy fan de Andrea.
¿Y te gustaron las canciones de la entrada anterior?

Un beso.

Malvada Bruja del Norte dijo...

Hola Gloria, ayer me pasé por tu blog, pero como te busqué en google creo que te comenté un post bastante antiguo :-(
Gracias de nuevo por visitarme y comentarme. Nos seguiremos leyendo.

Por cierto yo también soy fan de Andrea, y este trocito me encanta, porque como ella a mí también me entusiasma callejear por el casco antiguo.